LA MEDIDA EXACTA DEL RELATO
SI les digo la verdad, después de tantos años presentando y reseñando libros de Pilar Galán (Navalmoral de la Mata, Cáceres, 1967) uno no sabe muy bien qué contar que no suene a dicho. De hecho, lo primero que pensé cuando me puse a planear esta reseña fue comenzar celebrando su regreso, no tanto a la escritura –que no abandona gracias a «Jueves sociales», la columna que publica cada semana en El Periódico Extremadura– como a la publicación de libros, pero enseguida recordé que ese regreso ya lo había festejado cuando apareció Si esto fuera una novela, ese bello y dolorido canto a la enfermedad y muerte de sus padres, y me pareció que, empleado ya ese recurso, no tenía sentido comenzar así. Sin embargo, sigo convencido de que El peso exacto de los días supone un auténtico retorno, el de Pilar como narradora de ficción, como cuentista, pues Si esto fuera una novela –como insinuaba el título– era otra cosa, el lamento de una mujer, Pilar Galán Rodríguez, que utilizaba la ficción casi como exorcismo para hablarnos, sencillamente, de la vida, de una parte terrible de la vida, mientras que quien regresa ahora es Pilar Galán, la escritora, capaz de transformar la vida en ficción tan maravillosamente como siempre. Y un regreso como ese hay que celebrarlo.
Vuelve, además, a un género que nos unió hace años, el microrrelato, en un volumen colectivo, Relatos relámpago, que pretendía dar muestra del cultivo de esa forma mínima de narración en Extremadura y en el que cada autor, en una suerte de micropoética, explicaba las razones de su apuesta por lo breve. Pilar afirmaba entonces que «la escritura es un oficio, un mester de larga paciencia» y defendía la necesidad de un buen comienzo, un buen final y un adjetivo exacto. Pues bien, quien lea El peso exacto de los días comprobará que esa poética sigue intacta, que continúa vigente su deseo de contar buenas historias de la mejor manera posible, pero también que el tiempo ha dejado su huella y que el dolor, la ternura y la pérdida que alimentaban su anterior título han teñido este nuevo de un humor más negro, de una melancolía más presente, de una intención de denuncia más explícita.
En esta nueva entrega abundan –aunque pueda sonar paradójico– los grandes temas del microrrelato, la sorpresa, lo insólito, la intertextualidad o el juego con la tradición, que surge en el libro con frecuencia, pues la autora conoce bien a los clásicos y sabe que los mitos no envejecen, que son formas eternas de contar lo humano. Por eso resuenan Ícaro, Polifemo o Judith, pero también Lope, Calderón o Quevedo, todos ellos reescritos con humor y lucidez, y, así, en «Cuernos y barraganas» la voz de Lope se actualiza con ironía, en «Polvo enamorado» un verso se convierte en un relato contemporáneo sobre el deseo y el Polifemo que se asoma, en otro cuento, al mundo desde su único ojo se parece demasiado a cualquiera de nosotros añorando lo perdido.
Además, junto con los relatos fantásticos o mitológicos, a El peso exacto de los días arriban restos del naufragio íntimo que Pilar narró en su anterior libro y que nos devuelven al territorio de la ausencia y la nostalgia por los padres, como «El orden natural de todas las cosas», donde unos zapatos simbolizan la pérdida, «Deseos», que imagina un reencuentro imposible, o textos como «La niebla», «Duelo al sol» o «Pinito del Oro» ambientados en hospitales o residencias, espacios en el límite entre la vida y la muerte, entre la lucidez y la pérdida de la memoria, aunque en ellos el tono no es tan desgarrado, como si, tras escribir aquella intensísima novela, las emociones hubieran alcanzado el equilibrio, el peso exacto que anuncia el nuevo título.
Pero el libro tampoco se agota aquí. También destaca en él la mirada social tan propia de la autora, que en sus «Jueves sociales» lleva años señalando injusticias con la ironía del sentido común, si bien ahora lo hace desde la ficción, en relatos como «Animalario», que denuncia la cosificación de las mujeres, «Minas» o «Función de Navidad», sobre la prostitución, «Sobrevivir al naufragio», que aborda la violencia doméstica, o en otros que giran en torno a la desigualdad, el abuso de poder o la pobreza, y lo hace, tal vez, de forma más eficaz que en sus columnas, pues pocos modos hay de decir tan bien la verdad como con mentiras bien construidas, y Pilar sabe urdirlas con la sabiduría que le da su experiencia vital y literaria.
Algo que se nota también en la estructura del libro, con series como «Función de Navidad», «Amor de madre» o «Día de Reyes», variaciones sobre un mismo tema que le confieren unidad y que funcionan como pequeñas fugas musicales, y en su estilo, preciso y transparente, en el que abundan la palabra justa y el silencio necesario, logrando que sus relatos logren la exactitud, esa que había de tener la ligereza que, en sus Seis propuestas para el próximo milenio, Italo Calvino pronosticaba
como una de las virtudes de la literatura del futuro.
En definitiva, El peso exacto de los días es un libro de madurez, pero no porque su autora haya perdido frescura, sino porque ha ganado profundidad, en una colección de cuentos en la que confluyen todos sus registros –humor y tristeza, ironía y piedad, fábula y denuncia social, cultura clásica y sabiduría doméstica–, que dialoga con los mitos y con la realidad, con los autores que la formaron y con los lectores que la acompañan, y que mantiene vivo lo que escribió en Relatos relámpago hace veinte años, que el principal compromiso de un escritor es con el lector, eligiendo buenas historias y contándoselas lo mejor posible.
Pilar Galán ha vuelto a la ficción, al cuento, a un oficio que domina como pocos y con el que siempre consigue emocionarnos, y por eso El peso exacto de los días es todo un acontecimiento que merece, sí, ser celebrado, porque pocas cosas son tan exactas, necesarias y verdaderas como la buena literatura.
–Juan Ramón Santos.
Pilar Galán, El peso exacto de los días, Mérida, De la Luna Libros, 2025.
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