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Tratado de ignorancia

Manuel Simón Viola

Nacido en Cáceres en 1950, José Luis Bernal es profesor de Literatura en la Universidad de Extremadura y autor de una treintena de monografías sobre literatura española contemporánea, en especial, sobre el periodo de las vanguardias históricas y la generación del 27 (en 2007 obtuvo el VII premio de investigación “Gerardo Diego”). También ha dedicado notables estudios a la literatura en Extremadura y a autores como Rodríguez Moñino, Francisco Valdés o José Antonio Zambrano.

Además de editor de varias colecciones poéticas (Palinodia, Ediciones Norba) y director de la revista de literatura Gálibo, ha publicado dos poemarios: Primavera invertida (premio Constitución de Poesía 1983) y El alba de las rosas (premio Cáceres Patrimonio de la Humanidad 1989). Ahora la editorial emeritense De la Luna Libros publica en su colección “Luna de poniente” el que será su penúltimo título (aparece bajo la letra Y) Tratado de ignorancia, un conjunto de veinticuatro poemas en que los temas poéticos universales son abordados entre la melancolía de las pérdidas y la aceptación afirmativa y celebratoria de vivir (aunque sea “contra viento y marea”).

 

LAS PALABRAS

 

Las palabras han tardado como las lluvias.

 

He esperado paciente,

tras años de silencio,

su rumor en el borde de mis manos.

Han dibujado círculos inciertos,

merodeos,

han rondado mis noches y mis días,

y han vestido con calma la ignorancia

que me ha dado el juicio

en esta edad madura.

 

Ellas saben de mí

algo más que yo de ellas,

conocen los olvidos y los dones, l

a precisa razón que me empuja a vivir,

y a recordar que vivo

contra viento y marea.

 

(Publicado por Manuel Simón Viola en su blog "Notas al margen")

Con Hay un rastro, de Elías Moro, se cierra la Colección Luna de Poniente, dirigida por Marino González Montero y el propio Elías, y editada, con el patrocinio del Ayuntamiento de Almaraz, por de la luna libros, editorial emeritense con historia y largo recorrido.
En esta colección, a la que me referí aquí en su día, están incluidos veintisiete poetas extremeños. Voces muy distintas y formas diferentes de enfrentarse al poema; voces para todos los gustos y muestra exhaustiva del panorama poético en Extremadura, que no ha de dejar indiferente a ningún buen lector.
Como digo, Hay un rastro pone punto final a esta aventura (pues no otra cosa es un proyecto editorial así), y, a mi juicio, no podría haberse elegido mejor colofón, dado que éste es un libro con el suficiente peso y calidad literaria como para dejar el mejor sabor de boca, aunque lo que en él se exprese —el horror de la guerra y, por tanto, la parte más oscura y deshumanizada del hombre— no sea, precisamente, dulce.
Ya la dedicatoria, A la memoria de los olvidados, es toda una declaración de intenciones a la que el autor se mantiene fiel a lo largo de las seis partes en que está estructurado el libro y que, a su vez, podríamos dividir en dos de 6, 3 y 12 poemas, cada una. Aquí se da voz a quienes, trágicamente, la perdieron: aquellos cuyos restos aún andan dispersos por las cunetas, los que fueron fusilados frente a las tapias de los cementerios, los que murieron en las trincheras y cuya memoria fue proscrita por los vencedores...; voz a quienes subieron a trenes de un solo recorrido, y, en general, a todos los muertos a consecuencia de tanta sinrazón.
Con un lenguaje firme y descarnado, Elías Moro construye una poesía dolorosa, comprometida, implacable con la injusticia, y nos recuerda las páginas más vergonzosas de la historia reciente del hombre, al tiempo que nos advierte de que tanto horror no es cosa del pasado, pues, de una u otra forma, continúa repitiéndose a lo largo y ancho de este planeta nuestro.
En Hay un rastro no hay palabras gratuitas, ni imágenes innecesarias: cada verso es resultado de una reflexión profunda sobre el dolor y la crueldad del hombre; un dolor que el poeta hace suyo, y una crueldad que rechaza con firmeza y náusea. Al mismo tiempo, es un libro que atrapa, que nos empuja a seguir leyéndolo, mientras nos conciencia de que, como tantas veces se ha repetido, aquellos que olvidan su historia están condenados a repetirla. En definitiva, un libro duro —me atrevería a calificar de aleccionador e imprescindible— que revela la enorme calidad literaria y humana de su autor.