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Alonso Guerrero

Manuel Peñalver

En este trozo del Mediterráneo, que Almería convierte en haikú cuando el amanecer fotografía el color del agua, hermoso como un lienzo velazqueño, leer la última novela de Alonso Guerrero, el ex marido de la reina, Leticia Ortiz, es algo más que la práctica de una destreza comunicativa tan gratificante. Porque significa conocer la escritura de un novelista injustamente preterido. «El mundo tiene cándida profundidad de espejo. Las más claras distancias sueñan lo verdadero», escribió Jorge Guillén. La competencia intelectual de la reina se debe en parte a ella misma y en parte a su profesor de Literatura en el Instituto Ramiro Maeztu de Madrid, con el que, tras salir un tiempo, acabó casándose por lo civil.

Las novelas de Alonso Guerrero son una búsqueda incesante. Una mañana en el mundo, que nos vincula más allá de la memoria, donde espejean lo real y lo inventado. Y, así, surge el primer argumento para aproximarse a las mismas. Fin de milenio en Madrid (1999), De la indigencia a la literatura (2004), de narrativa breve, y las novelas Los años imaginarios (1987), Los ladrones de libros (1991), El durmiente (1998), El hombre abreviado (1998), El edén de los autómatas (2004), Doce semanas del siglo XX (2007), Un palco sobre la nada (2012) y Un día sin comienzo (2014), esta última sobre las víctimas del 11-M, son títulos que ilustran la sabia trayectoria del extremeño como creador. Sencillo, afable, de izquierdas (llegó a decirse que sería el candidato de Podemos a la Comunidad de Madrid o a la de Extremadura; hecho que desmintió), con unos sólidos principios éticos y lector infatigable como Pietro Citati, el biógrafo de Kafka. Una editorial mirífica, y, al mismo tiempo, abecedario de la lectura envuelto en el celofán de los textos: De la luna libros (Mérida). Una frase: «La diferencia entre periodismo y literatura solo puede plantearse a través de la posteridad». Y los escritores que lo marcaron, como a todos nos marcó la belleza de Ingrid Bergman, Rita Hayworth o Grace Kelly: Larra, Stevenson, Henrik Ibsen, Herbert Wells, Franz Kafka, Malcolm Lowry, Luis Landero, Vila Matas, el extremeño Florián Recio. Y Umbral, tan irónico y sociológico como Camba. ¿Qué es escribir? ¿Por qué escribir? ¿Para qué escribir?, preguntas que surgen para definir un pensamiento que tiene sus raíces en aquellas palabras de Borges: «Uno no es lo que por lo que escribe, sino por lo que ha leído». Y Alonso Guerrero lo ha hecho en el «flash-back» de su monólogo interior, seleccionando los autores para chequear la realidad humana sin máscara alguna que entorpezca la visión. «El mercado deja fuera lo que a mí me parece importante», afirma convencido de que en España hay grandes escritores que permanecen inéditos. De aquella boda en Almendralejo, el 8 de octubre de 1998, de los seis años viviendo juntos y del año de matrimonio con la mujer que ahora es reina de España, queda la intertextualidad. Con Larra y El doncel de don Enrique el Doliente como símbolo de unas lecturas que pertenecen al copretérito del recuerdo. Siendo dilecto referente, Malcolm Lowry, que reúne los mejores hallazgos y técnicas de la novela del siglo XX. El cine y la prosa; el alcohol y la destrucción; el malditismo y la creatividad. Una vida que se derrumba entre la bebida y los irresolubles problemas de la existencia. «Nuestra vida ideal incluye una taberna, donde un hombre pueda sentarse y hablar o solo pensar, sin miedo al dragón de la noche», versifica el novelista y poeta inglés. «Un escritor solo tiene sus heces: si una esposa no entiende que tiene que limpiarlas es mejor divorciarse de ella», prosifica Alonso Guerrero en El hombre abreviado. Escribir es siempre una expectativa; una señal de adiós; una sutura de la herida del pasado. Con palabras que se arraciman en todas sus formas para decir lo que solo sabe decir la literatura. Tan prodigiosa. Tan indefectiblemente única como un concierto de Shostakóvich.

«Creo más en la utopía que en cualquier idea política» manifiesta este hombre luchador y tenaz, ganador del II Premio Felipe Trigo, que ha llegado a ser lo que quería: un excelente narrador. Con una obra que, por encima del número de ejemplares vendidos, refleja una concepción en la que el texto es la inteligencia mágica del autor y también del lector. Tres nombres en el alegórico tiempo del destino: Robert Louis Stevenson, Malcolm Lowry y Alonso Guerrero. Una literatura que se desliza como la lenta retirada de la tarde; insondable; magnética, como la voz de Billie Holiday. Como la antítesis del «best-seller» y la mediocridad que todo lo arrasa a su paso. Bajo el volcán. La película dirigida por John Huston. La novela de Loury. «¡Después de todo, la vida es breve!». Alguien dijo hablándose a sí mismo entre las olas del silencio.

(Publicado por Manuel Peñalver en el Diario de Almería)