Skip to Content

Elías Moro. Hay un rastro

Carlos Alcorta

La letra Z pone fin a esta colección de poesía de la editorial de la luna libros, y lo hace con un poemario de Elías Moro, uno de los promotores de dicha colección. Caracterizada por una llamativa cubierta con la foto de cada uno de los autores publicados, el acertado diseño de Luna de Poniente ha sido un gancho más, junto con la excelente nómina de poetas publicados, para la estupenda recepción que cada uno de los libros que integran esta colección ha tenido entre los lectores, Aunque su final estuviera previsto desde el proyecto inicial, no podemos sino lamentarnos de que se haya hecho definitivamente realidad. Colecciones de tan esmerado diseño y cuidada edición contribuyen a realzar el propio acto poético y debieran tener una más larga vida. En cualquier caso, lo que procede es celebrar su existencia y encomiar el trabajo hecho. Elías Moro, a pesar de nacer en Madrid en 1959, desarrolla su actividad literaria, en el más amplio sentido de la palabra, en la ciudad en la que vive, Mérida, en la región que le acoge, Extremadura. La actividad literaria que realiza no se centra exclusivamente en su propia creación— por otra parte, de variados registros—,se extiende a otras actividades, como la editorial o la de difusor de la literatura a través de su blog: eljuegodelataba.blogspot.com, del que publicó una selección en el libro titulado Manga por hombro (Isla de Siltolá, 2013).Es autor de varios libros de poemas: Contrabando, Casi humanos (bestiario), La tabla del 3, Abrazos y la antología En piel y huesos. Ha publicado relatos y diarios y acaba de ver la luz el libro de aforismos Algo que perder. Hay un rastro es un libro divido es seis secciones de intensidad y calado diferentes. La primera de ellas comparte título con el libro y lleva como epígrafe una significativa cita del poeta Ángel Petisme: «Y ni los muertos de las cunetas conocen la palabra respeto». Aunque está integrada por sólo seis poemas breves, es acaso la sección que mayor dramatismo aporta al lector porque sus versos traslucen dolor, violencia, abandono: «cuerpos de hombres que se pudren/ vencidos y atados a sus troncos», «cuerpos tratados como carroña/ que se sepultan en fosas ignoradas» son algunos de estos versos que revelan el asunto central del pasaje, la necesidad de recuperar la memoria histórica, de volver la vista atrás para paliar la indignidad del olvido.

«Interludio animal», como el propio título sugiere, es un bestiario personal, una zona de tránsito que rebaja la tensión creada por los primeros poemas y ayuda a leer la siguiente sección, «Tiro de gracia» con una determinación, si se quiere, más optimista, pronto truncada, sin embargo, porque entramos directamente en el campo de batalla, en las trincheras. La cita del poeta norteamericano Yosef Komunyakaa, extraída de su libro Dien Cai Dau (1988), un descarnado y conmovedor retrato de la guerra de Vietnan que ha sido recientemente traducido a nuestro idioma por Juan José Vélez Otero para la editorial Valparaíso, es lo suficientemente explícita como para prevenirnos de la crudeza que encontraremos en los siguientes poemas, de los que extraemos algunos versos para ejemplificar esa experiencia casi inhumana: «los hombres son sólo números/ de los que prescindir sin cargo/en el campo de batalla», «la indignidad de un disparo en la nuca/ no se quita así como así/ de la conciencia» o «¿Qué épica, qué gloria hay/ en matar a un hombre indefenso?». La crueldad que trasmiten nos deja casi sin aliento, nos hace preguntarnos por la naturaleza del ser humano, por su fragilidad, por la ausencia de valores, por el sentido de la existencia. La conclusión no puede ser muy halagüeña. Apenas queda un atisbo de esperanza en el futuro, esperanza que se verá aún más mermada en la siguiente sección del libro: «Derrota y hambre», en la que afloran las terribles consecuencias de la contienda que se verán obligados a padecer los derrotados. «El miedo es silencios y cruel como un abismo,/ como un insecto que roe la oscuridad,/ como el agua horadando la piedra/ a unos pasos bajo tierra…». Pero no es sólo el miedo, una sensación paralizadora que desgarra la mente y las entrañas sin tocarte, lo que destroza las vidas de los perdedores, también se padecen efectos de carácter físico, como el hambre: «el hambre te come el rostro,/ te hunde los ojos desolados en el cráneo,/ te saquea toda la alegría/ antes de matarte» o la enfermedad. «La trilogía de los trenes» contiene los poemas más extensos del libro, mezcla de monólogos dramáticos y de correlato objetivo, que están dedicados a escritores que sufrieron en sus carnes la persecución, la deportación, los campos de exterminio, el exilio, tres escritores que acabarían sus vidas voluntariamente: Bohumil Hrabal, Primo Levi y Stefan Zweig. Termina el libro con la sección «Los muertos hablan» en donde se confirma la idea que da cuerpo a estos poemas, la de que «no hay dignidad en el silencio/ si es para el olvido». A este respecto, nos vienen a la memoria poemarios como A muerte (1965) de Miguel Ángel de Argumosa o Los muertos (1947) de José Luis Hidalgo. Elías Moro ha realizado en este libro un doloroso recorrido por la iniquidad, por del grado de maldad que es capaz de humano cuando disfruta de circunstancias que posibilitan que germinen el odio y el rencor, pero este recorrido está exento de patetismo. Los poemas de Elías Moro poseen un carácter reivindicativo, no mendicante, están cargados de emoción, pero sin rozar siquiera la sensiblería, denuncian la realidad pero no son panfletarios, reflejan una preocupación por los olvidados de la historia sin delimitar fronteras, porque la invisibilidad, la inexistencia, más allá de la nada en la que se convierte la materia, sigue reclamando visibilidad, justicia, un lugar identificable en el que descanse su osamenta, aunque «Sobre estos huesos descarnados y rotos/ gotea un llanto de piedra y humus,/ un amargo sudor de tierra enlutada,/ acordes de un viento que esparce en silencio,/ hombres que ya no son nada,/ nombres que ya no son nadie».

 

(Publicado por Carlos Alcorta en su blog)