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LdP: Un balance

Álvaro Valverde

Ha dedicado uno numerosas entradas a la colección de poesía Luna de Poniente, de la emeritense de la luna libros. Para ser exactos, de los 27 volúmenes que la componen, tantos como letras del alfabeto, he reseñado, si no me equivoco, 24. Dejé tres libros en el camino. Uno no me parecía que tuviera suficiente entidad (el de Ramírez Lozano, lo que desmiente que, como él dice, se presente a premios porque no tiene más remedio: aquí tuvo una clara oportunidad perdida), de otro hablé por delegación (di al autor, Daniel Casado, la palabra, convencido de que yo no podría decir nada mejor sobre El creador del espejo) y un tercero, en fin, porque era mío.

El empeño, que se ha desarrollado entre 2012 (la letra A fue para La mirada desnuda, de Jesús García Calderón) y 2015 (la letra Z corresponde a Hay un rastro, de Elías Moro), ha sido obra de dos escritores, poetas también: Marino González y el citado Elías Moro. Este último relataba cómo se gestó el proyecto, que ha contado con el patrocinio, justo es decirlo, del Ayuntamiento de Almaraz, pueblo natal del editor (motivo por el que, según tengo entendido, se descolgó de la propuesta, debido a razones ideológicas que tienen que ver con la ecología y la energía nuclear, José Manuel Díez, que bien pudo figurar en esta nómina de poetas extremeños o vinculados a Extremadura aún vivos). Ya que lo menciono, en el análisis de esta colección, digamos, canónica no se puede obviar la cuestión de las ausencias. Tampoco la de las presencias, pero eso vendrá luego. Es verdad que faltan nombres si contemplamos críticamente nuestro panorama (una convención, ya se sabe: la extremeña no es sino poesía en español, del inmenso territorio de la Mancha; otra cosa son los autores). ¿Cuáles? Por ejemplo, Pureza Canelo, José Luis García Martín, Manuel Neila, Ada Salas, Irene Sánchez Carrón, Basilio Sánchez, Javier Rodríguez Marcos, Elena García de Paredes, Antonio Méndez Rubio, Carlos Medrano, Luciano Feria, Serafín Portillo, Santos Domínguez, María José Flores, Juan María Calles y Diego Doncel. Y seguro que me olvido de alguno; si es así, lo siento. Por poetas...

Acerca de las presencias me remito a las señaladas recensiones. Salvo en un caso, ya dije, todas me parecen pertinentes. Me gusta, además, que se hayan incorporado poetas jóvenes, si bien echo ahí de menos a Víctor Martín. Puestos a ponerse exquisitos, no me hubiera disgustado ver en la nómina libros de Andrés Trapiello y de Eduardo Moga, tan distintos, pero ambos vinculados a esta tierra, sobre todo el primero. También se echan en falta un mayor número de mujeres poetas. Me consta que los directores lucharon lo indecible para que hubiera más presencia femenina, pero...

Ya sé que la decisión de figurar no estuvo sólo en manos de los promotores. De los nombrados por no estar, casi todos renunciaron voluntariamente a participar por diferentes motivos. Respetables, qué duda cabe. Uno de ellos, nada baladí, la condición de inédito que se exigía al original aportado.

En lo que a mí respecta, decliné publicar Plasencias con mi editor habitual por sentido de la amistad, es cierto, pero también porque consideré que eso aportaba un granito a arena a la credibilidad de la empresa. Al planteamiento que la justificaba, quiero decir. Ya lo hice en el pasado con la Editora Regional, a instancias de Fernando Pérez, un editor con un gran sentido del catálogo.

No está de más subrayar otra virtud de la colección: la de las cubiertas de Pedro Gato, que ha retratado a todos y cada uno de los poetas y ha proporcionado una deseable unidad al conjunto. Las ediciones, por añadidura, han estado a la altura: limpias, cuidadas y sin molestas erratas.

Conviene recalcar también, en negativo, el alevoso silencio que ha pesado sobre los libros de Luna de Poniente, por parte del diario Hoy, el de máxima difusión en Extremadura (lo que no aparece en él, sí, da la impresión de que no existe). Se ocultaron deliberadamente y se omitió cualquier información sobre sus respectivas presentaciones, que han sido numerosas, por toda la geografía regional y nacional. Tampoco se publicaron reseñas. Sólo un par de obras lograron traspasar esa espinosa valla, por obra y gracia de Pecellín Lancharro, con mando en Trazos.

En Plasencia, con motivo del encuentro Centrifugados, donde se podían ver agrupados todos los volúmenes de la colección en el puesto ubicado de la antigua Plaza de Abastos, le sugerí a Marino González que se la ofreciera, ya armada, a instituciones, bibliotecas y centros educativos. No sé si convenientemente embutida en una bonita caja. Más si tenemos en cuenta, por encima del valor literario, que han sido muy pocos los suscriptores.

Se felicita uno, en fin, por la feliz idea y, lo que es más importante (una ocurrencia la tiene cualquiera), por su materialización. El tiempo establecerá su verdadero alcance. Desde la inmediatez de los acontecimientos, no parece que haya sido una apuesta fallida. Veremos.