Skip to Content

El tesoro de la isla

Manuel Simón Viola

Codirector del aula literaria “José Antonio Gabriel y Galán” (y coordinador de las demás aulas literarias de la región), Juan Ramón Santos (Plasencia, 1975), se dio a conocer con una compilación de textos breves titulada Cortometrajes (Mérida, Editora Regional, 2004), al que siguieron El círculo de Viena (Gijón, Llibros de Pexe, 2005), Cuaderno escolar (Mérida, Editora Regional, 2009) y Palabras menores (Mérida, De la Luna libros, 2011), además de colaborar en libros colectivos como Relatos relámpago (2007) y Por favor, sea breve (2009). En 2010, la editorial pacense Del Oeste Ediciones publicó su obra más ambiciosa, Biblia apócrifa de Aracia. En 2014 De la Luna Libros publicó un poemario, Cicerone.

Ahora, la misma editorial publica su segunda novela, El tesoro de la isla, cuya trama, de tensión indeclinable, arranca en una tarde de junio cuando Santi Alcón y sus amigos penetran en el edificio en ruinas de su antiguo colegio y descubren la sala de la biblioteca repleta de libros polvorientos. Este hallazgo sorprendente le llevará a conocer un ámbito invisible para la antigua ciudad provinciana y a unos personajes singulares que parecen haber surgido de las páginas de un libro al que la novela ha decidido homenajear ya desde el título (La isla del tesoro, pero el número de referencias literarias expresas o tácitas es muy alto): Juan Plata el Largo (Long John Silver), los piratas sedentarios absortos en su autodestrucción, y en Labriegos, a Beatriz y Constante, todos ellos, marginados sociales, cuyo infortunio acaba convirtiéndose, al modo romántico, en símbolo de libertad. En el curso de sus aventuras, el protagonista irá comprendiendo, en la vida y en los libros, que el mundo es mucho más complejo que el que reflejaban sus preferencias infantiles. Reproducimos un fragmento en que una de las lecturas da al joven una lección impagable.

 

“sin saberlo, acababa de dar con la clave de El desierto de los tártaros. Así comprendí que el teniente Drogo se parecía a Constante, a Beatriz, a mí, a todos y cada uno de los hombres, que la Fortaleza se parecía no ya a Labriegos o a ninguna otra comarca o lugar, sino al mundo entero, que el desierto era el futuro, el ataque de los tártaros, una de las innumerables figuras en las que a menudo se manifiesta la esperanza, y que, a fin de cuentas, como la interminable estancia del teniente en la frontera, la vida muchas de veces, si no la mayor parte de ellas, no era más que un paréntesis vacío, una larga espera sin sentido ni fin, y quizá fue también entonces, en ese brevísimo instante de lucidez en medio de la oscuridad, cuando empecé a vislumbrar que la Literatura era mucho más que mis admirados relatos de aventura y de misterio, y que los libros, además de una fantástica forma de entretenerse, era una poderosa herramienta para acercarse al mundo y a la vida, para contemplarlos y tratar de comprenderlos, una herramienta que, como poco a poco iría descubriendo, quería aprenderá a manejar a toda costa” [p. 210]

 

(Publicado por Manuel Simón Viola en su blog "Notas al margen")