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Trenes de cercanías

José Luis Morante

Una verdad compartida: la fecha del once de marzo de 2004 quedó grabada en la mente de todos como el día de la infamia. Una jornada negra de incertidumbre y muerte que talló en cada memoria una senda de nombres propios que soporta incansable su permanente estar. Latían en las estaciones de cercanías que jalonaban el trayecto diario entre Alcalá de Henares y Atocha: Santa Eugenia, El Pozo del Tío Raimundo… Son los nombres de las víctimas de aquel atentado atroz que ocasionó un seísmo cuyos efectos perduran.

Acercarse a esa tragedia sin empañar el ánimo, con la prosa calibrada y distante del cronista es tarea compleja porque cada lector tiene en su interior una imagen viva de aquellas secuencias. Esa es la propuesta literaria de Alonso Guerrero. El escritor, nacido en 1962, consiguió en 1982 uno de los certámenes de relatos más conocidos de Extremadura, el Felipe Trigo, y desde entonces alterna como géneros esenciales el cuento, con entregas como Tricotomía, Fin del milenio en Madrid y De la indigencia de la literatura, el ensayo, los artículos en prensa y la novela, representada por títulos como Los ladrones de libros, El durmiente, El edén de los autómatas, Doce semanas del siglo XX y su última salida, Un palco sobre la nada, una visión especulativa del futuro.

Un día sin comienzo aborda la amanecida de aquel once de marzo con objetivismo y hace de aquel tiempo una cronología sin resquicios sentimentales previos. Treinta y siete personajes salen a escena en treinta y siete minutos. El escritor elige la mirada distante de un narrador omnisciente para adentrarse en las biografías que entrecruzan su destino en el espacio de los andenes y en los asientos de cada vagón. Cada minuto cuenta porque en él se deshilvana el paso de protagonistas inadvertidos que animan derrotas cotidianas, ilusiones y sueños: estudiantes que acuden a sus centros de formación, inmigrantes que buscan una amanecida a su situación económica, amas de casa que hacen cuentas diarias para organizar sus vidas, enamorados, ciudadanos a pie que viajan por las calles solitarias de la melancolía, todos están en el interior de un tiempo imprevisible, porque solo en la rutina de lo cotidiano duerme el azar.

La excelente novela de Alonso Guerrero sobre un tema tan trágico no se posiciona. El relato no busca dar respuestas e interpretaciones. Simplemente describe a esa gente que sube a los trenes con las ojeras del tedio diario, enumera detalles y circunstancias de travesías minúsculas, cuyo itinerario define a la gente común. Los pasos coinciden en el trasiego de un cruce fugaz. Quien impulsa la escritura “mira una multitud cuyo silencio es un cuento narrado junto al fuego”.

Con precisa cadencia, el avance argumental de Un día sin comienzo va dejando en el lector la creciente inquietud de la espera. Pero el relato anula cualquier concesión al patetismo; solo explica el poso de cada devenir con la máxima desnudez. Lo demás está en la conciencia de todos: el estruendo final es una página en blanco, sin palabras, una espera que tiene dimensión trágica.

(Publicado por José Luis Morante en su blog  Puentes de papel)