Skip to Content

Al hilo de la muerte

Manuel J. Curiel Arroyo

Al Qarafa es la última entrega de Javier Pérez Walias (Plasencia, 1960). En uno de sus versos afirma, a boca jarro, que la vida es la muerte a secas. El placentino plantea una reflexión, al hilo de la muerte, sobre la condición existencial del ser hunano. Son unas páginas escritas con personalidad y crudeza. ¿Qué es Al Qarafa? Al Qarafa es el poema que da título al conjunto, que conforma la primera de las tres partes de su estructura y que, enseguida, nos traslada al cementerio de El Cairo, con nombre homónimo, “La Ciudad de los Muertos”: un laberinto de mausoleos y tumbas ocupados por vivos que conviven –o conmueren­– con sus muertos. Al caer el sol, el camposanto se convierte en el territorio del sueño y de la noche. Al Qarafa es un poema esencial que entrelaza los conceptos de vida / muerte en esa mezcla impura que nos concilia como seres humanos. La vida, aquí, es también la posibilidad de la muerte al estilo de lo escrito por el viejo Heráclito: “Inmortales mortales, mortales inmortales; vivos en la muerte de aquellos, pero en la vida de aquellos, muertos.”

La segunda sección del poemario, Inscripciones, alude al anhelo de labrar la dureza de la piedra, cincelarla, para conservar la memoria de alguien. Pérez Walias acuña sus inscripciones desde el lenguaje poético, y lo hace sobre la hoja del cuaderno de un maestro, en el torso de un marinero o sobre el canto de un pájaro. En consecuencia, una ecuación que se resuelve en un juego de azar entre el ser y no ser que nos circunda de un modo esencial. Lápida familiar así lo atestigua: el poeta coloca, bajo los números, en apariencia fríos, de las cifras vitales del padre, de la madre y del hermano, el demoledor heptasílabo en pausado silencio.

Acechamos a la muerte es la parte definitiva de Al Qarafa. Sin ser un obituario, nos presenta varias de las caras acechantes de la muerte. La muerte —nos dice Pérez Walias— habita este lugar, te acaricia, te lame. La muerte es un animal doméstico. Y en el poema "La piedad de Aleppo" aparece la culpa, que es el retrato trágico de nuestra ignorancia consciente ante nuestra naturaleza finita. La Parca es la restitución de un equilibrio que rompía el nacimiento, como lo pensó Anaximandro —cito traducción de Gil de Biedma—: “Las cosas deben pagar unas a otras castigo y pena según sentencia del tiempo.” La determinación de la existencia individual representa una escisión culpable, que será restituida por la sentencia implacable del tiempo. En "Ángel impuro", Pérez Walias, desliza el asunto, si restitución moral, hacia el autoconocimiento y el de la naturaleza expresada en el lenguaje, y concluye: Antes de que tú te ausentaras para siempre, yo era un / ángel puro. Así, nuestra cosmovisión responde a nuestra personal vivencia de la muerte. Para Heidegger, el Ser se revela en la respuesta pensante del hombre en términos de lenguaje, que es la casa del Ser. En el poema titulado "Violette", dedicado a la tumba de un bebé, Pérez Walias insiste: Os digo / que deseo que la poesía sea la casa encalada / donde el lenguaje salte a la comba. Y concluye con uno de los versos más relevantes del libro: (…) o la brevedad de una violeta en una pequeña tumba junto al mar. En las muertes prematuras es donde nos topamos con la imposibilidad de aceptar una razón —de naturaleza— como suficiente. "El Niño que perdió su infancia" ahonda en este abismo con una imaginería bíblica potente, y con la rabia de un yo que no acepta lo inexorable. Desde lo improbable, Pérez Walias escribe: Odio mi corta infancia de niño muerto. La muerte del hijo es, sencillamente, insoportable. Valente sangra por esta misma herida cuando dice: Ceniza tú, yo sangre. Leve hoja tu voz. Pétreo este canto. Tú ya no eres ni siquiera tú. Yo, tu vacío. Al Qarafa acaba siendo un intento por vencer el olvido, porque para el hombre siempre hay un hilo de agua dulce que descansa en las raíces.

(Publicado por Manuel J. Curiel Arroyo en la revista Quimera)